Flashes sanjuaninos
¡Que calor! Cada vez que vuelvo me acuerdo de donde vienen mis poderes para aguantar el calor porteño, y es porque en San Juan hay una temperatura de 40° a la sombra.
Mi pieza es la mas ruidosa de la casa. Da a la calle, y mis papás viven en la principal de un barrio tranquilo, que además funciona muy bien como atajo a otros lugares. Siempre se escucharon los autos pasar en todo horario (menos en la siesta, pues esta es sagrada). Un poco aprendí a dormir con ese ruido. Igual tampoco fue un problema porque en mis ansias de control me permitía saber quien entraba y quien salía. Hasta el punto de reconocer cómo metía la llave cada miembro de mi familia.
También me di cuenta que ya no le digo “mi casa” a la casa de mis papás. La sigo sintiendo mi casa pues es donde voy cuando visito San Juan y es donde aún queda algunas de mis cosas, pero ya no la siento mía. Siento que pertenezco, pero a mi no me pertenece. Igual si dijera esto en voz alta le rompería el corazón a mi mamá.
Estaba en la casa de mis papás, en mi pieza (que loco porque mi pieza si sigue siendo mía, no se, cosas raras del territorio) cuando escucho un sonido filoso, como esa música cuando en las series de animé aparece el villano. Era un sonido celeste, suave, que se colaba en la siesta, la hora en que de niño nada está permitido y el calor invita al diablo a pasearse por las calles. Un silbido frío, agudo, que llama a asomarse por la ventana.
El afilador de cuchillos.
Mi papá me contó una vez que normalmente te dice un precio, pero cuando te va a cobrar te pide el doble. “Uno por cada lado del cuchillo”.
En mi sopor de siesta, pensé en llevarle unas tijeras cuando escuchara el sonido más fuerte, mas cerca. Pero eso nunca sucedió, el sonido siguió sintiéndose a una lejanía prudente, como si pasara alrededor de las cuadras sin dejarse ver. Tal vez el afilador de cuchillos es un espectro que merodea los barrios y asusta señoras desprevenidas.
Hablando de señoras desprevenidas, mi mamá se ha puesto paranoica respecto a sus plantas. Está segura que alguien le está moviendo sus suculentas de lugar, pero ella no se da cuenta que tiene una barbaridad de macetitas (lo cual me encanta) y en realidad son tan parecidas unas con otras, que llega a confundirlas. O tal vez tiene razón y alguien se las mueve, o tal vez se mueven solas, no me sorprendería, el fondo de mis papás es un vivero donde manda la naturaleza (y la pipa).
¡Que lindo tener un fondo! Me pase gran parte de mi viaje ahí, sentada en una reposera, solo existiendo. Después de las 20hs mi papá riega, queda olor a pasto mojado y una sensación de frescura (la sensación nada mas porque hacen 30°) que te dice que el día ha terminado. Que pongas los pies en el pasto un rato y te conviertas de nuevo en humano.
Y por último, sentirse humano. Ver la montaña a lo lejos y darte cuenta que sos chiquito, mínimo y aún así la montaña te deja caminarla. Meterte a sus ríos, bañarte con una parte de ella. Con agua fría, muy fría provocada por el deshielo, rarísimo que estuvo en una altura inalcanzable (para mi) y ahora pasa por mi reposera. Ahi me quedo mirando el horizonte. Es como apretar restart en mi año.
Al final bautizada de nuevo, insolada y con la barrita social en cero, vuelvo a la ciudad.


Como siempre, es un placer leer las Yimi aventuras